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“Piqueteros digitales”, una cuestión de arte


La creencia de que “los piqueteros digitales no existen” es falsa. Con reminiscencias de la Guerra Fría y dosis de modernidad, los activistas trasladaron el teatro de operaciones a las pantallas.
En algunos casos, se trata de acciones cuyo propósito es reconocer el ambiente y poner a prueba el grado de defensa del objetivo, pero la mayoría es pura expresión y típica acción de activistas o militancia que otrora accionaba en la vida pública, en el campo social, político, ecológico, económico, manifestándose o protestando.
Días atrás, múltiples sitios web de universidades israelíes fueron atacados por el grupo Anonymous Sudan. “El sector educativo de Israel ha sido abandonado debido a lo que hicieron en Palestina”, escribió el grupo en Telegram. Los sitios web de las Universidades de Tel Aviv, Jerusalén, Ben-Gurion, Haifa, Reichman, y el Instituto de Ciencias Weizmann, estaban caídos y no disponibles.
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El ataque se instrumentó a través de una técnica conocida como “denegación de servicio” que provoca que el servidor de un sitio web no pueda responder a las solicitudes y salga de servicio. Esta acción fue parte de una intensa campaña conocida como #OPIsrael en la que activistas – esencialmente piratas informáticos políticos– intentan atacar objetivos israelíes en Internet.
El formato se reinventó y la actividad de los hacktivistas también. Anonymous, GhostSec, Ghostwriter, Cyberpartisans son organizaciones que han incorporado capacidades de diseño y ejecución de acciones de protesta y campañas de instalación de temáticas específicas como: fake news, carpetazos digitales o confusión y afectación del ánimo social; utilizando a manera de arsenal “munición digital”, tecnología informática e internet.

Durante 2016, en respuesta a la anexión rusa de Crimea, se creó el grupo conocido como Cyber Resistance, con el fin de difundir información sobre el conflicto entre Rusia y Ucrania. En los últimos meses, este grupo también conocido como Alianza Cibernética de Ucrania, ideó y ejecutó un ataque al Coronel ruso sindicado por su participación en el bombardeo de un teatro en la ciudad de Mariupol en marzo de 2022 que produjo decenas de víctimas civiles.
El ardid logró convencer a la esposa del militar en servicio de la fuerza aérea rusa, convidándola a participar en una supuesta sesión de fotos patriótica, utilizando el uniforme de su esposo, incluyendo el ornamento y condecoraciones, argumentando que las fotos formarían parte de la producción de un calendario como parte de las actividades tendientes a elevar y sostener la moral del ejército. La operación encubierta utilizó a su primera víctima para convencer a 12 esposas más, todas cónyuges de militares destinados en posiciones de combate en la Ucrania invadida. Esto permitió a los hacktivistas extraer información personal y confidencial, incluidos datos militares e incluso fotos de desnudos de una de las esposas de los militares.
Las “hackeadas” esposas de los oficiales, gustosas, participaron del shooting fotográfico con los uniformes de sus maridos que proporcionaron suficiente información para rastrear información personal de ellos, que posteriormente sería publicada en distintos sitios y canales de Telegram. Con los datos profesionales del uniforme de los militares, junto con sus registros de vacunación contra el COVID-19, ubicaron luego su lugar de residencia, destino militar y otros detalles.
Los activistas hackearon así el portal del sitio web del Ministerio de Defensa de Rusia para obtener el correo electrónico y el monto de su remuneración, fecha de nacimiento, número de teléfono y pasaporte del coronel y de su esposa, además de fotos “íntimas” que también fueron ventiladas. Entre los enormes volúmenes de emails y spam en las casillas de correo del comandante ruso también hallaron listas pormenorizadas de pilotos de combate, registros de evaluación de desempeño de oficiales, boletines, cálculos teóricos y prácticos, que son material de interés para la inteligencia ucraniana.
Nuestra huella “digital”, los océanos de información que generamos y nuestro trabajo no remunerado para los algoritmos, no solo conspiran a favor de nuestra conversión a víctima de una estafa digital, sino que, a esta altura, es inocultable la potencia y peso específico en situaciones de conflictos bélicos, geopolítica o procesos electorales. Los nuevos formatos de expresión y protesta parecen no estar ajenos al avance tecnológico y hace uso efectivo, por lo menos en aquellas latitudes.
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